¿Sólo el tiempo sabe?
Palabras brotaban de su cuerpo luego de un periodo de tiempo indefinido, y revestían sus espacios, cubrían cada superficie que pudiese observarse. Cuando se detuvo la marea, y la casa quedó tapada de palabras, desde afuera, todo transeúnte contemplaba una vivienda a medio día irradiando una ola de pensamientos abruptos en ellos, intempestivos axiomas que comenzaron a crecer, a reproducirse como micelio, paladinamente.
No tardaron en aparecer los manufacturados pensamientos dialogados de referencias pasadas para acusar de todo tipo de adjetivos peyorativos a aquel fenómeno; aquella renuncia conductual despertó grandes dogmas precalentados, la resistencia psicológico-social no tardo tampoco en figurar. Paredes, barreras, límites, imperceptibles, forjaron distancias y diferencias aisladas, posturas, improntas volcadas en ropajes, banderas y preferencias, para demostrar una vez más, la decadencia de nuestra especie, que dice y poco siente, que defiende idealmente pero vacila pragmáticamente, incluso cuando quiere venganza enmarañada en justicia en pos de la protección, y olvida que está usando el odio como motor de voluntad.
Mientras tanto, ya no sabía donde estaba, donde empezaba esto y comenzaba aquello, nada, sabía. Su cuerpo, comenzó a derramar hormonas que desataron placeres más allá de toda lógica, pero de libre acceso empírico. No quería ni podía detener aquel bardo, había dejado de perseguir, y ahora todo lo embestía con fuerza en una total tranquilidad.
Cuando despertó, en una guerra se encontró, ahora la oruga, de los pájaros debió protegerse, porque apareció junto a la puerta cuando luego de poner a calentar el agua, decidió abrirla para hacer correr el aire por la casa.
En algún momento solía hablarles juguetonamente, ahora estaba aprendiendo nuevos lenguajes así que solamente puso su dedo justo enfrente, la oruga subió, la llevó a su planta de interior, y ahí se quedó hasta que se instaló a iniciar su metamorfosis.
Colgada boca abajo de una de las ramas, atestiguó como todas las palabras entraban nuevamente en su cuerpo, y principiaban sus duales cortes insulares, prácticos representantes temporales.
Descubrió que aquel silencio, provenía de las mismas palabras aprendidas que le habían guiado hasta allí, se quitó de encima incluso aquel silencio, y ahora, sólo quedaba
Cuando miró la planta donde estaba la oruga, vió una envoltura vacía, el capullo, miró hacia la ventana abierta y atestiguó como se iba volando aquel imago.
Comentarios
Publicar un comentario