Hermandad.

 Dos hermanos pequeños se despiertan en una casa, uno lo hace en el comedor y el otro en una cama, al abrir los ojos ve la mesa frente a él primero y luego el espacio que se abría delante, una sensación de terror lo inundó al darse cuenta que no era su casa, se quedó petrificado observando cada detalle, notó que ese lugar estaba prácticamente abandonado, un lugar sórdido, nadie debía vivir allí pensó, había muchas cosas viejas, tapadas de polvo, con telarañas por doquier, vidrios rotos, ventanas abiertas por donde entraba el pasto, un pez espada colgado en la pared, observó la mesa pequeña y vislumbró platos sucios, un cenicero lleno de cigarrillos, velas a medio usar, un agujero grande en la esquina superior derecha donde uno de los platos parecía querer arrojarse para terminar con su vida, miró a su derecha y vio un pasillo extenso con objetos olvidados, pateados al caminar sólo para poder pasar, miró hacia el fondo, escuchó el primer sonido de pasos y por los rayos del sol vio el polvo moverse, a pesar de no estar atado, y tener las ventanas abiertas, sólo pudo quedarse quieto, aterrado.
  Al abrir los ojos el otro niño, ve el techo, manchado de humedad, una araña cazando, estantes vacíos, mira a su derecha y observa una ventana a través de la cual solo podía saber que era de día, debajo de ella, una cocina que de cocina nada tenía, tantas cosas había en la pileta que la canilla estaba de costado para que no interviniese en la torre de objetos, miró donde estaba recostado y tuvo la sensación de no estar donde debía despertar, no era su cama, no eran sus sábanas, al menos era su ropa, pero vio sangre en ella, además de estar rasgada, por más que intentaba, ningún recuerdo de como llegó ahí apareció en su mente; se incorporó y observó un comedor a su izquierda, un pez en una de las paredes tapado de polvo, una ventana rota justo debajo, y suciedad en donde sea que mirase, miró a su derecha y otra sala se abría, escuchó a alguien acercarse y se asomó para ver, pudo contemplar a un hombre robusto, alto, vestido como granjero con un cuchillo en su mano, éste al verlo sonrió y se acercó con entusiasmo al joven.

  Cuando llegó a su lado, apoyó la mano en la mesa y le dijo:

—Veo que ya despertaste, ¿Te agrada tu nuevo hogar?. 

  El joven asustado, alzó la vista y sintió el oriundo olor a desidia que amanaba de su boca, temblorosamente le dice:

—Me quiero ir, ¿Dónde estoy? ¿Sabe dónde se encuentra mi familia?

—¿Acaso no me escuchaste? Somos tu familia, y éste es tu hogar ahora, comé — dijo arrojando un plato de polenta en la mesa.

— No te muevas de ahí que estás lejos de tu pasado — dijo y se fue por el mismo pasillo por el que vino.

  Mientras comía escuchó un grito de la habitación de al lado.

  Al llegar a la cama se sentó a su lado con el cuchillo aún en la mano y dijo:

—Buen día, ¿Reconoces este cuchillo?

  El muchacho abrió los ojos al reconocer que éste era de su padre.

—¡Dámelo! ¡Le pertenece a mi padre!—dijo mientras se inclinó para arrebatárselo de las manos.

  El hombre puso su mano en el pecho del niño y se abalanzó sobre él, luego de reducirlo y posicionarse encima, apoyó el cuchillo en su cuello y le dijo:

—Como verás... ahora me pertenece, y si lo tengo yo, ¿Dónde crees que está tu papá? ¿De quién crees que es la sangre en tu ropa si no estas lastimado?

  El muchacho sintió tantas emociones al mismo tiempo que sólo pudo gritar, de ira, de desesperación, de impotencia, de frustración. Cuando se detuvo, el hombre se incorporó, y el joven escuchó otros pasos, justo detrás de donde estaban, giró su cabeza en esa dirección, y sintió algo de repente, reaccionó y se paró, llevo su mano hacia su oreja donde sintió líquido en el lóbulo derecho, miró al hombre sentado en la cama sonriendo macabramente, se sintió algo pesado y dijo:

—No te tengo miedo, yo tengo el control.

  Continuó sonriendo perversamente y miró para el comedor porque escuchó ruidos de plato, sabía que allí estaba el hermano del chico con el que se encontraba, pero lo que no sabía era que el niño también sabía que ese era su hermano, porque lo había escuchado hablar y en esa brecha de distracción fugaz, entre miedo y valentía, vio el frasco con el líquido que quiso echarle a él, lo tomó y se lo vertió todo en la oreja, para cuando se percató de lo ocurrido, ya había quedado tumbado en la cama sin poder moverse.

  Mirando para ambos lados del pasillo, se asomó al comedor y vio a su hermano sentado en la mesa:

—Rajemos —dijo. 

  Miró en la dirección opuesta del pasillo, vio al otro hombre, su hermano pensó, porque eran iguales, volvió a mirar el comedor y su hermanito ya no estaba, volvió a mirar atrás y el hombre ya no estaba, así que corrió, saltó por la ventana y había dos caminos por tomar, uno a su izquierda que era corto y luego doblaba a la derecha; y otro a su derecha, largo, que luego doblaba a la izquierda. Mientras pensaba cual camino tomar, pudo ver al hombre pasar corriendo por el pasillo izquierdo y luego volver, para verlo nuevamente pasar con una escopeta en mano, decidió correr por el camino derecho, esquivó pastos más altos que él mismo y al doblar a la izquierda, había muchas cosas que obstaculizaban el paso, pero podía ver del otro lado un espacio verde, abierto, luminoso, decidió escalar, y huyó sin mirar atrás.

  




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